Un sprint cuesta arriba

El perfil de la etapa, con algo de media montaña antes del final quizás invitaba a una escapada más peleada y de gente de más calidad, pero el control es férreo y los equipos del líder y de los equipos de la general no se van a arriesgar a perder el maillot o meterse en situaciones de carrera que les obligase a ataques más lejanos y arriesgados. El Tour de Francia se gana desde hace bastantes años ganando o no perdiendo mucho en la crono, aguantando en la montaña o ganando tiempo en los últimos kilómetros de los finales en alto y evitando situaciones peligrosas que pudiesen provocar una pérdida de tiempo mayor a los escasos segundos que se suelen conseguir en tales ataques prosteros.

Antes no era así, y el final de Orcières-Merlette es ilustrativo de cómo era el ciclismo de otras épocas. Una de las mayores exhibiciones de la historia del ciclismo fue la de Luis Ocaña en este final en 1971 en que metió una minutada a Merckx, el gran favorito. También en 1989, Perico Delgado después de un inicio de carrera catastrófico y de haber recuperado tiempo en los Pirineos al punto de repostularse como favorito al triunfo, buscó una mayor ganancia de tiempo montando una rueda lenticular en una cronoescalada a la estación. El resultado fue desfavorable y allí empezó a perder las posibilidades de victoria que le quedaban.

El caso es que en ambas ocasiones se intentó buscar una situación que llevase al triunfo en la carrera. ¿Se imagina algún aficionado que en el ciclismo actual se buscase eliminar al favorito con ataques a decenas de kilómetros de la meta o que se arriesgase en el uso del material o en la táctica para incrementar una ganancia de tiempo posible aunque al final fuese contraproducente?

Todo lo contrario, muchos profesionales y aficionados al ciclismo podían prever lo que ocurriría en la etapa de ayer. En primer lugar, escapada consentida y controlada por el Deceuninck con el objetivo de que no corriese peligro el liderato de Alaphilippe. Ni siquiera se desgastaron demasiado porque fueron lo suficientemente inteligentes para, una vez terminada la parte más ondulada del recorrido, dejar la tostada a los equipos de la general y que terminasen de hacer la aproximación a la subida final.

El Jumbo, que aparenta ser el nuevo equipo dominante de la carrera -aún no sabemos si por incapacidad o por estrategia del Ineos- fue el encargado de perpetrar la estrategia habitual, con la pequeña variación de poner un ritmo algo menor de lo habitual en los primeros kilómetros de la última cuesta. Sin embargo, está el pelotón tan acostumbrado al guión habitual que sólo Pierre Rolland aprovechó la circunstancia para intentar escaparse y ganar en solitario. Si los ciclistas de ahora estuviesen menos burocratizados deberían haberse producido más ataques por parte de aquellos que lo tendrían -y tuvieron- imposible en el sprint final.

Debía de estar contento el líder con la situación. Su equipo había tirado menos de lo necesario durante la etapa y el ritmo de ascensión le convenía para llegar fresco al último kilómetro y poder imponerse en la etapa y ampliar su ventaja en la general. Sin embargo, fue otro francés, Guillaume Martin, el que le perjudicó recomenzando las hostilidades con un ataque bien elegido y ejecutado si no fuese por el estado de forma de Primoz Roglic, que pudo alcanzarlo e imponerse con casi facilidad al resto de favoritos.

Solo consiguió renta en tiempo gracias a las bonificaciones pero su desempeño en este tipo de finales pone como gran favorito a la victoria al esloveno. Quedan muchos finales en alto en los que seguramente se espere a atacar a una distancia cercana, en la que se encuentra cómodo, y una crono mixta en la que no es inferior a nadie y ganará tiempo a la mayoría.

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