Balonmano con mascarillas

Sucede que acabamos haciendo de casi todo una cuestión moral. Hace unos meses, cuando la pandemia comenzaba a afectar a España, las mascarillas no funcionaban y el que las quería llevar o las sugería era tachado de magufo o de facha por atreverse a contradecir a un gobierno de izquierdas.

Más tarde, durante el confinamiento, lo obligado era correr a las ventanas a aplaudir a las ocho, al punto que algunos hicieron de la cuestión una competición para ver quién era más solidario con nuestros sanitarios.

Después se puso de moda actuar de policía del visillo, criticando y señalando a aquellos que salían a la calle o paseaban al perro demasiadas veces, sin ni siquiera preguntar o preguntarse si los motivos eran justificados.

Por fin, y a golpe de que el pueblo llano consideraba cada vez más la cuestión, el gobierno se animó a imponer el uso de mascarillas y las comunidades de extenderlo cada vez más, incluso cuando uno camina sólo sin ningún tipo de interacción social, quizás bajo la lluvia, cargándose la mascarilla en lugar de guardarla para poder utilizar en un lugar seco al que acudiese posteriormente. Por su parte los medios de comunicación se encargaban de señalar a los irresponsables que no siguiesen las órdenes de los poderes públicos.

Y como siempre tenemos que pasarnos de largo, el uso obligatorio del tapabocas ha llegado a los partidos de la liga Asobal y el partido del Ademar contra el SinFin tuvo que disputarse, debido a las restricciones de la comunidad de Castilla y León, con los jugadores luciendo tan particular equipamiento para un partido de balonmano.

No parece que lo más adecuado para practicar deporte o para cualquier esfuerzo físico sea lo de llevar una mascarilla puesta. Siempre interrumpe de alguna manera el flujo de aire, incomoda y con el sudor pierde efectividad y se vuelve más molesta. Probablemente no tenga ningún efecto a la hora de evitar contagios en un deporte donde hay tanto contacto y los jugadores sudan y respiran con fuerza, produciendo distintos fluidos. El hecho de que los partidos sean en espacios cerrados y que muchas veces los jugadores no llevasen la mascarilla correctamente o la perdiesen como resultado del juego tampoco ayudaba a impedir la transmisión del virus.

A los seres humanos nos gusta tener una norma a la que agarrarnos y cuando existe la imponemos por encima de cualquier otra consideración. Este partido es un claro ejemplo de como la regulación se impone a la racionalidad, aunque sus resultados pudiesen ser peores o inexistentes.

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